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¿Científicos o “publicadores”? El dilema de las mentiras camufladas de evidencia
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¿Científicos o “publicadores”? El dilema de las mentiras camufladas de evidencia.

“Publicar o morir”, ésa es la realidad de algunos investigadores en fisioterapia. La de otros, en cambio, es publicar para crearse un nombre, una fama. Una fama que muchas veces depende de resultados positivos y de generar expectación vacía de contenido. Publicar es el objetivo último de algunos investigadores, ¿tiene cabida la ciencia en sus mentes? Porque el núcleo duro del conocimiento no es otro que intentar probar a toda costa que tu hipótesis es falsa. Al no conseguirlo es cuando se gestan los más brillantes descubrimientos. Y de estos mimbres surge la cuestión: ¿Son “publicadores” o científicos?

¿Científicos o “publicadores”? El dilema de las mentiras camufladas de evidencia.

Hacer ciencia consiste en intentar descubrir sucesos que sean consistentes independientemente de nuestra sesgada percepción. Dicho de otra forma, la ciencia trata de objetivar los procesos observados; o más bien de discernir los procesos “reales” de aquéllos que son una mera ilusión. Según mi percepción el Sol gira alrededor de la Tierra, nuestro planeta es plano y prácticamente todos mis pacientes mejoran gracias a mí. El problema es que tratar de objetivar tales sucesos resulta ser tremendamente difícil, mucho más de lo que solemos creer en fisioterapia.

“La mayoría de estudios son falsos”, comentaba John P.A. Ioannidis en su artículo del 2005[1], donde demostraba de forma muy elegante que la mayoría de publicaciones científicas son falsas. “De 100 estudios, en los cuales 97 presentaban resultados estadísticamente significativos, solo el 36% lo mostraron después de ser reproducidos”, fue la conclusión de Nosek et al. en el 2015[2] refiriéndose a estudios de psicología.

Pero, incluso conociendo estas grandes lacras, algunos estudios científicos convencen de forma sistemática e irracional a gran número de profesionales. ¿Quién se puede resistir a títulos como éste?[3]:

La intervención de moda, en la patología de moda, con los investigadores de moda, en una revista prestigiosa y además presentada en el Congreso de fisioterapia de mayor éxito en nuestro país: el “sueño húmedo” de cualquier fisioterapeuta amante de la ciencia. Es tan bonito que debería ser cierto, pero nada más lejos de la realidad.

Como comenté públicamente hace unas semanas en un hilo de “Twitter”[18], el estudio presentado está repleto de errores metodológicos que aumentan sensiblemente el riesgo de falsos positivos: una pregunta PICO –cuanto menos, poco clara–, más de una docena de variables a analizar, dobles y triples recolecciones de datos y conclusiones que no coinciden con los resultados del propio estudio.

Mi preocupación principal es la siguiente: ¿Por qué fisioterapeutas de tanto renombre internacional están publicando tales estudios? Sólo se me ocurren dos razones: por desconocimiento o porque importa más publicar resultados positivos que acercarnos a la verdad. Esta práctica tan extendida en el mundo científico se acuña “Mala Ciencia”, aunque para mí este concepto es un oxímoron en sí mismo. ¿Qué diferencia las pseudociencias de las creencias infundadas promovidas por estudios terriblemente diseñados? Para mí son mucho más peligrosos los segundos, ya que resultan bastante más complicados de identificar que otras prácticas que pueden tildarse de “pseudociencias” sin necesidad de indagar en gran profundidad.

Habiendo descrito la naturaleza de mi preocupación, me gustaría ejemplificarla con un debate que lleva años gestándose, y es que, en esta novedosa polémica, dos fuerzas opuestas (la ciencia en estado puro por un lado y los “publicadores” con intereses poco claros por otro) – representadas por investigadores y clínicos de renombre– llevan librando un apasionante combate conceptual que voy a intentar describir desde mi propio punto de vista:

Un bando está representado por Franco Impellizzeri –profesor de ciencias del deporte y medicina de la University of Technology Sydney–, y otro bando representado por Tim Gabbett, – especialista en Ciencias del Deporte y con amplia experiencia entrenando a deportistas de élite– (os sugiero que intentéis adivinar a qué bando pertenece cada uno al finalizar esta exposición). La temática a tratar es el “Acute:Chronic Workload Ratio” (ACWR) o “Cociente de Trabajo
Agudo:Crónico”. Para exponer dicho debate voy a centrarme en la intervención de Impellizzeri en el Simposio “Sportfisio” celebrado en Suiza en 2018[4], el cual recomiendo encarecidamente que veáis. Dicho todo esto, agarraos a los asientos porque viene un debate intelectual con razonamientos asombrosos y “salseo” a partes iguales.

El concepto de ACWR surge alrededor del 2008 de la mano de Tim Gabbett[5], que al mismo tiempo se inspira en la definición de Andrew Coggan[6] de “Carga de Entrenamiento Crónica”, que se refiere a la carga a la que ha sido sometido un atleta durante los últimos meses o años; y de la definición de “Carga de Entrenamiento Aguda”, que se refiere a la carga a la que ha sido sometido durante los últimos días. Al mismo tiempo, Coggan bebe de las influencias del “Fitness & Fatigue Model” de Bannister[7], bastante más antiguo –ya sabéis, ese modelo en el cual se basa prácticamente cualquier entrenador o fisioterapeuta para generar adaptaciones en un sujeto mediante un estímulo estresor, y que tiene también en cuenta el rol de la fatiga–.

Adaptado de Bannister [7]

Curiosamente, teniendo en cuenta el Modelo de Bannister parece que podríamos aumentar el rendimiento o las adaptaciones hasta el infinito (repitiendo suficientes estímulos), pero sabemos que ésa no es la realidad; por eso surgieron alrededor de 1998 (promovidos por Rowbotton, Kibler, Chandler,[8,9] etc.) otros modelos de “Sobrecarga” que sugerían que el exceso de carga daba lugar a una disminución del rendimiento.

Adaptado de Busso [22]

Gabbett, inspirándose en esos antiguos trabajos, creó el concepto del ACWR para intentar predecir el riesgo de lesión de los atletas; y debido a su notoriedad, muchos investigadores recientemente emprendieron estudios relacionados.

En el primer artículo reciente, Hulin y Gabbett et al. en 2014[10] comparaban el riesgo de lesión de jugadores de cricket con la carga interna (medida con el RPE de la sesión) y con la carga externa (número de golpes a la bola), llegando a la conclusión de que había una relación proporcional entre ambas variables: efectivamente, parecía ser que la carga aumentaba el riesgo de lesión.

Pero cuando Hulin y Gabbett et al. en 2016[11] reprodujeron un estudio similar en jugadores de rugby, resultaba que no se apreciaba dicha relación (incluso parecía inversa). No obstante, en este estudio parece que se intentaron “disimular” los resultados, ya que en vez de fijarse en la semana que habían aumentado la carga aguda se fijaron en la media de las dos semanas posteriores. ¿Por qué en el primer estudio se fijaron solo en la semana que aumentaban la carga aguda y en el otro estudio se centraron en la media de dos semanas? Y aquí es cuando Gabbett entra en acción: unos meses después publica dos artículos de opinión sobre la ACWR basándose en los trabajos de Hulin, y sospechosamente la BJSM publica cinco artículos de opinión más sobre la ACWR, incluidos dos del Comité Olímpico Internacional[12-16] (un poco exagerado, teniendo en cuenta que hasta la fecha solo había dos estudios observacionales y además contradictorios, ¿no?). De cualquier forma, en 2016 es cuando Gabbett presenta este gráfico[12]:

Adaptado de Gabbet [12]

El mismo afirma que para crear ese gráfico se clasificaron a los atletas según su riesgo de lesión en siete grupos, desde “Riesgo Muy Bajo” a “Riesgo Muy Alto”[20]. Y aquí nos surge un nuevo dilema: ¿por qué clasificarlos en grupos? Cuando se clasifican de esta manera estamos suponiendo que todos los atletas del grupo presentan exactamente el mismo riesgo de lesión, cuando realmente no estamos seguros de que eso sea así. Además, si cada punto que se enseña en el gráfico es un grupo de sujetos, inferir el riesgo de lesión para individuos basándonos en este gráfico aumentaría el riesgo tanto de falsos positivos como de falsos negativos[21], y así lo destaca Impellizzeri. Para rematar, Gabbett afirma que puede utilizarse la ecuación con la que se genera la curva para intentar predecir el riesgo de lesión de los atletas, indicándonos que puede servir de “guía”. Después de diseñar esta “guía”, Gabbett se dedicó a publicarla de nuevo, esta vez en color:

Adaptado de Gabbet [20]

Pero todo esto no terminó aquí, pues publicó hasta seis veces más el mismo gráfico con artículos de opinión ligeramente distintos en la BJSM, y que además iban incluyendo cada vez más autores que aparentemente estaban totalmente de acuerdo con él; incluso en uno de ellos ya se hacía referencia a una revisión sistemática[19] que curiosamente solo incluía los dos estudios iniciales de Hulin del 2014 y del 2016 (también incluía otros, pero no investigaban específicamente la ACWR). Nunca dos estudios observacionales dieron tanto de sí –suerte que “sólo era una guía”, como comenta Impellizzeri–.

¿Cuál es el problema de los artículos de Gabbett sobre la ACWR?: que el autor pudo haber definido las categorías arbitrariamente, comenzar la contabilización de la carga a partir del día que quisiera, tener en cuenta únicamente según qué tipo de lesiones (como las que se producen en partidos), etc. Básicamente, se podrían generar datos de forma aleatoria hasta que cumplieran el modelo, pero eso no significa que el modelo sea cierto. Una forma de evitar esta sospecha sería preregistrando el artículo, dando a conocer el análisis que utilizaría antes de la publicación de sus resultados. Y lo peor es que suena lógico que tenga que haber un “punto óptimo de carga” para minimizar al máximo el riesgo de lesión, pero la verdad es que, como la carga no es la única variable que condiciona el riesgo de lesión, simplemente a día de hoy ese punto óptimo no existe o es altamente impredecible, por lo que no tiene sentido plantearlo desde un punto de vista teórico. Pero ya era demasiado tarde, muchísimos entrenadores ya empezaban a utilizar el ACWR para sus atletas, y por eso –supongo que en un gesto de “buena fe”– Gabbett publicó otro artículo en 2018, “Debunking the myths about training load”[17] (y vuelto a publicar en 2020), en el cual se dedicaba a recalcar los mismos mitos que él mismo había creado; por lo que mirad qué apasionante aventura de publicaciones logró Gabbett:

Empezamos basándonos en investigaciones de los 70, 80 y 90 que encuentran relación entre la carga y el rendimiento, y creamos un modelo que relaciona de forma específica la carga con el riesgo de lesión –pero afirmamos que “Ey, es sólo una guía”, aunque al mismo tiempo enfatizamos las maravillas del modelo soslayando sus limitaciones–: el modelo aumenta de notoriedad, surgen algunos investigadores ansiosos por probarlo y realizan dos estudios observacionales donde uno cumple el modelo y otro lo contradice, por lo que cambiamos el análisis del segundo estudio para que cumpla el modelo, ya que “no queremos hacer enfadar a nadie”. Finalmente, el creador del concepto se encarga de publicar repetitivamente en revistas de impacto artículos de opinión que dan la impresión de que el modelo se va elaborando cada vez más, aunque no se vayan gestando más investigaciones de calidad al respecto; hasta se publica una revisión sistemática que solo incluye los dos estudios observacionales citados anteriormente. Y esperad, que me olvidaba: Gabbett termina con un artículo desmontando el “tremendo malentendido” y los mitos que habíamos creado los lectores, ya que nosotros, simples mortales, no le habíamos entendido adecuadamente. Nunca agradeceremos suficientemente a Impellizzeri habernos desvelado tan intrincada trama.

Como veis, el peligro de este modelo no reside en que contradiga conceptos ya conocidos (un exceso de carga sí que aumenta el riesgo de lesión), sino que complica de manera extraordinaria el trabajo del entrenador o fisioterapeuta y le confiere la falsa sensación de seguridad en el modelo, cuando podría ser que otras variables más o menos objetivables en la práctica clínica nos dieran mayor información sobre las adaptaciones generadas y sobre el riesgo de lesión. Es decir, hoy en día el método óptimo para disminuir el riesgo de lesión no es seguir un modelo a ciegas, sino evaluar, intervenir y reevaluar de manera validada, libre y personalizada (pendientes de que surja mejor evidencia científica que nos permita pulir nuestro razonamiento).

En resumen, y para ir concluyendo, no todos los investigadores son científicos, algunos simplemente cumplen el rol de “publicadores”, imagino que motivados por el prestigio y notoriedad que deriva del hecho de lucir su nombre en una revista de impacto. De lo que no se
dan cuenta –o sí– es de que están interfiriendo en el objetivo principal de la ciencia, obstaculizando nuestra práctica clínica y añadiendo ruido al ya de por sí complicado escenario al que todos nos enfrentamos con cada paciente. Aunque, por suerte, los científicos sin capa existen y se encargan tenazmente de arrojar luz en el conjunto del conocimiento actual provistos únicamente de pensamiento crítico e ilimitada curiosidad. Por lo que nada de esto trata de disciplinas ni de corporativismos, ni siquiera de profesionales o eminencias, sino de a quién le importa más la búsqueda de la verdad (con los únicos propósitos de satisfacer su curiosidad y ayudar a sus pacientes), contra aquél que relega esas obligaciones morales a un segundo plano.

Seamos todos más curiosos, más abnegados y más amantes de la verdad, y al final del día seguro que nuestros pacientes lo agradecerán.

Sobre el autor...

perfil jeroni

Jeroni Mestre Servera

Fisioterapeuta
Graduado en Fisioterapia por la Universidad Autónoma de Barcelona. Especialista en dolor lumbar y otros trastornos músculo-esqueléticos. Docente de posgrados. Clínico en consulta privada.

REFERENCIAS:

  1. Ioannidis JPA. Why most published research findings are false. Get to Good Res Integr Biomed Sci. 2018;2(8):2–8. Disponible en: https://journals.plos.org/plosmedicine/article?id=10.1371/journal.pmed.0020124
  2. Aarts AA, Anderson JE, Anderson CJ, Attridge PR, Attwood A, Axt J, et al. Estimating the reproducibility of psychological science. Science (80- ). 2015;349(6251).
  3. Vaegter HB, Ussing K, Johansen JV, Stegemejer I, Palsson TS, OʼSullivan P, et al. Improvements in clinical pain and experimental pain sensitivity after cognitive functional therapy in patients with severe persistent low back pain. PAIN Reports. 2020;5(1):e802
  4. Intervención de Franco Impellizzeri en el Simposio de Suiza en el 2018 o SportFisioSwiss. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=mW0C0I2mqM&t=2052s
  5. Gabbett TJ, Hulin BT, Blanch P, Whiteley R. High training workloads alone do not cause sports injuries: How you get there is the real issue. Br J Sports Med. 2016;50(8):444–5.
  6. Entrada de blog en Training Peaks, con autoría de Andrew Coggan. 2008. Disponible en: https://www.trainingpeaks.com/blog/the-science-of-the-performance-manager/
  7. Banister EW, Calvert TW, Savage M V., Bach T. A System Model of Physical Training and Athletic Performance. Aust J Sport Med. 1975;(7):57–61.
  8. Rowbottom DG, Keast D, Morton AR. The emerging role of glutamine as an indicator of exercise stress and overtraining. Sport Med. 1996;21(2):80–97.
  9. Kibler W Ben, Chandler TJ, Stracener ES. Musculoskeletal adaptations and injuries due to overtraining. Vol. 20, Exercise and Sport Sciences Reviews. 1992. p. 99–126.
  10. Hulin BT, Gabbett TJ, Blanch P, Chapman P, Bailey D, Orchard JW. Spikes in acute workload are associated with increased injury risk in elite cricket fast bowlers. Br J Sports Med. 2014;48(8):708–12.
  11. Hulin BT, Gabbett TJ, Lawson DW, Caputi P, Sampson JA. The acute: Chronic workload ratio predicts injury: High chronic workload may decrease injury risk in elite rugby league players. Br J Sports Med. 2016;50(4):231–6.
  12. Blanch P, Gabbett TJ. Has the athlete trained enough to return to play safely? The acute:chronic workload ratio permits clinicians to quantify a player’s risk of subsequent injury. Br J Sports Med. 2016;50(8):471–5.
  13. Soligard T, Schwellnus M, Alonso JM, Bahr R, Clarsen B, Dijkstra HP, et al. How much is too much? (Part 1) International Olympic Committee consensus statement on load in sport and risk of injury. Br J Sports Med. 2016;50(17):1030–41.
  14. Schwellnus M, Soligard T, Alonso JM, Bahr R, Clarsen B, Dijkstra HP, et al. How much is too much? (Part 2) International Olympic Committee consensus statement on load in sport and risk of illness. Br J Sports Med. 2016;50(17):1043–52.
  15. Gabbett TJ, Kennelly S, Sheehan J, Hawkins R, Milsom J, King E, et al. If overuse injury is a “training load error”, should undertraining be viewed the same way? Br J Sports Med. 2016;50(17):1017–8.
  16. Drew MK, Cook J, Finch CF. Sports-related workload and injury risk: Simply knowing the risks will not prevent injuries: Narrative review. Br J Sports Med. 2016;50(21):1306–8.
  17. Gabbett TJ. Debunking the myths about training load, injury and performance: Empirical evidence, hot topics and recommendations for practitioners. Br J Sports Med. 2018;0(0):1–9.
  18. Hilo de “Twitter” crítico sobre “Improvements in clinical pain and experimental pain sensitivity after cognitive functional therapy in patients with severe persistent low back pain”. Disponible en: https://twitter.com/JMestreFisio/status/1237005276219346944?s=20
  19. Drew MK, Finch CF. The Relationship Between Training Load and Injury, Illness and Soreness: A Systematic and Literature Review. Sport Med. 2016;46(6):861–83.
  20. Hulin BT, Gabbett TJ, Lawson DW, Caputi P, Sampson JA. The acute: Chronic workload ratio predicts injury: High chronic workload may decrease injury risk in elite rugby league players. Br J Sports Med. 2016;50(4):231–6 (Table 1).
  21. Carey DL, Crossley KM, Whiteley R, Mosler A, Ong KL, Crow J, et al. Modeling Training Loads and Injuries: The Dangers of Discretization. Vol. 50, Medicine and Science in Sports and Exercise. 2018. 2267–2276 p.

  22. Busso T. Variable Dose-Response Relationship Between Exercise Training and Performance. Med Sci Sports Exerc. 2003; 35(7): 1188-95.

1 comentario en “¿Científicos o “publicadores”? El dilema de las mentiras camufladas de evidencia

  1. Excelente reflexión basada en un análisis crítico fundamentado. No vale leer cualquier artículo y mucho menos seguir un modelo para cuantificar , sin antes contrastar el valor científico. Hoy tenemos el problema de poder acceder a mucha información, y mucha de ella procede de publicaciones realizadas por “científicos” con solo ego y nada de ciencia! Gracias

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